¿Por qué los libros son lo más?       

Librería La Libre. Buenos Aires

Hace más de ocho años hago libros. Compagino impresos, los pliego, perforo y coso; encolo el lomo, entapo y prenso. Sacar un libro de la prensa tiene dos reminiscencias: abrir la escotilla de un submarino y sacar una torta del horno. Retiro las planchas de metal, abro sus tapas y chequeo que todo esté en escuadra. Todavía huele a pegamento. Hojeo y controlo su estructura.

En el trabajo artesanal hay un tipo de satisfacción, muy discreta y fugaz, que deviene de lograr reunir elementos dispersos y crear algo que el día anterior no existía. Puede ser un zapato o un delantal. Pero ese día hiciste un aporte particular y palpable a lo inmensurable.

Mi relación con los libros, sin embargo, se inició a través de la literatura hace más de veinte años. Las Aventuras de Huckleberry Finn fue el primer gran libro que leí. Puedo visualizar la colección y tengo la sospecha de que tenía lomo redondeado pero el recuerdo más poderoso es, sin duda, estar navegando junto un esclavo fugitivo y un huérfano andariego por el rio Mississippi. No leí sobre esa fuga, fui parte de ella. Puedo revivir esa atmosfera tensa y húmeda, llena de insectos, el ruido de las aguas, el miedo. A partir de esa lectura, descubrí que una infinita diversidad de experiencias estaban al alcance de mi mano. 

Mamá era socia de un club del libro. Una mezcla entre biblioteca y librería que por una cuota mensual te permitía llevar un libro a tu casa por el tiempo que te tome leerlo, uno tras otro. En algún momento de nuestra infancia, cambió su plan para sumarnos a su silencioso ritual. A la salida de su consultorio, íbamos con mis hermanas a ese local escondido detrás de una librería y recorríamos los pasillos eligiendo títulos como si fueran golosinas. Todavía en algunos recodos me llega el aroma de ese lugar y me detengo a saborearlo de puro nostalgia.

Para cerrar el día o acompañar sus momentos de descanso, mi mamá siempre tuvo un libro al lado de la cama. Ese fragmento de escenario; el trío mesita de luz-lámpara-libro es para mí tan esencial como el de cocina-mesa-heladera. No podría vivir sin ese mini altar que algunos devotos de las palabras y las historias armamos al lado del lecho.

¿Por qué escribir, por qué leer?

Por disfrute, en principio. En mi caso, porque confío en las palabras recién cuando cobran cuerpo. Si no, es solo subjetividad cercada por el individuo. Cuando sale, teje puentes, construye, libra revoluciones, muta y cunde. Nos acerca y nos pone en sintonía intraespecie. Un sujeto comparte lo que siente y piensa con un completo desconocido y en ese acto ambos se sienten un poco menos desolados ante un universo desconcertante y sin respuestas. 

Leer libros es, por su parte, un hábito muy saludable. Un consumo accesible en términos comparativos que hace los días más entretenidos y la vida, más sustanciosa, porque la llena de otras vidas; más conectada porque la suma a una trama de saberes e ideas compartidos colectivamente. 

¿Por qué hacer libros?

Por disfrute. en principio. Pero también porque es un gran soporte, una genialidad. Por algo llegó desde la antigüedad hasta nuestros días. Es eficiente, bello y huele bien. Los fanáticos del tencoporvenir dirán que un objeto de tamaño y peso similar puede contener una infinita cantidad de libros. El libro de arena borgiano en su versión ciencia ficción. Infinitos ceros y unos procesados por máquinas con el poder de replicar todos los formatos y soportes desarrollados hasta ahora. Claro que sí, también es una genialidad. Todo puede ser digital y quizás  en un futuro lo sea.

Pero,  todo ¿debe ser digital? Es una discusión compleja que atañe nada más ni nada menos que al planeta tierra como ecosistema. Pero en esta extraña libertad contemporánea hay aspectos que todavía pueden elegirse. Leer un libro moviendo el dedo índice sobre una pantalla con el mismo desliz con que elegimos hamburguesas de una aplicación y hojear las páginas de un libro son dos experiencias diferentes que invocan universos diferentes. No podemos estar fuera del mundo digital, pero podemos negociar hasta qué punto entregamos todas nuestras experiencias cotidianas a un solo entorno.

En ese sentido, en mi opinión, desde la perspectiva de la diversidad como valor, vale la pena conservar y defender la lectura de libros en su variable más tradicional. Principalmente porque es parte de un acervo de desarrollos sociales y culturales que incluye tanto las invenciones del papel, la tinta y la imprenta como el nacimiento de múltiples los oficios; como copistas, encuadernadores, imprenteros, bibliotecarios y libreros, entre otros.

Entonces ¿por qué los libros son lo más? Porque son objetos maravillosos y trascendentes cuya existencia, tanto en su condición de continente como contenido conecta a infinitas personas, saberes y universos. Porque son una parte clave en la construcción de una cultura diversa e inclusiva. Porque el momento de lectura es una momento de desconexión, imaginación e introspección muy poderoso. Porque literalmente cada libro es un mundo y eso es hermoso. 

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